Autor: Ramses Pech – Grupo Caraiva – Grupo Pech Arquitectos
La estructura económica mexicana está rota. Todo el crecimiento del empleo formal desde 2018 provino del sector terciario, es decir, de los servicios. Ese sector pasó de 11.65 millones a 15.81 millones de trabajadores, un aumento de 4.16 millones. En contraste, el sector secundario —industria y construcción— perdió 0.72 millones, y el primario —campo y actividades agropecuarias— perdió 0.20 millones. Esto significa que México está dejando de generar empleos industriales y agropecuarios, los que históricamente pagan mejor y ofrecen mayor estabilidad. Hoy, 69.4% del empleo formal pertenece a servicios, pero no necesariamente a servicios profesionales, tecnológicos o financieros. Gran parte se concentra en comercio y servicios personales, actividades de baja productividad y bajo salario. Por eso el salario mínimo se volvió el techo: la economía ya no produce suficientes empleos que paguen más.
México presume tener más empleo formal que nunca, pero esa cifra es un espejismo que oculta una realidad profundamente deteriorada. El país alcanzó 22.76 millones de puestos asegurados en julio de 2026, un máximo histórico, pero ese récord no significa bienestar, movilidad ni calidad de vida. Es simplemente un número grande que convive con una estructura salarial comprimida, una cobertura mínima y una economía que ya no genera trabajos capaces de sostener a una familia. Las cifras lo dicen con claridad: “≈78% de los asegurados al IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social) gana hasta 2 salarios mínimos”. El IMSS es el registro de trabajadores con seguridad social; por eso, estar asegurado debería ser señal de estabilidad. Sin embargo, esa frase resume el problema central del mercado laboral mexicano: millones de personas están atrapadas en la base salarial, sin posibilidad de ascenso y sin ingresos suficientes para vivir dignamente.
El empleo formal crece, pero cada vez vale menos. El crecimiento anual cayó de 3.4% en 2018 a 1.5% en 2026. La permanencia laboral es alta, 87%, pero ese dato no necesariamente significa éxito. También puede significar que millones de personas siguen en puestos mal pagados porque no tienen una mejor opción. La estabilidad sin movilidad salarial es estabilidad en la precariedad. Cerca de ocho de cada diez asegurados percibe dos salarios mínimos o menos. Esto no es un accidente: es el síntoma de un mercado laboral que no recompensa la experiencia, no impulsa la capacitación y no genera escalones reales de ascenso económico.
El problema no es únicamente que el salario mínimo sea bajo, sino que incluso dos salarios mínimos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas de un hogar. Las cifras son directas: “Con dos salarios mínimos ($18,902 al mes) un hogar urbano de cuatro personas no alcanza a cubrir la línea de pobreza por ingresos ($19,536)”. En otras palabras, una familia puede tener empleo formal y aun así no cubrir lo mínimo necesario para vivir. Con un solo salario mínimo, apenas se cubre 48% de esa línea de pobreza. México celebra incrementos nominales, pero la realidad es que el ingreso sigue concentrado en la base y que la mayoría de los trabajadores formales continúa en pobreza laboral.
La distancia entre sobrevivir y vivir bien es enorme. Para que un hogar de cuatro personas alcance una calidad de vida digna, se requieren 4.1 salarios mínimos, equivalentes a $37,805 mensuales. Pero solo 10% de los asegurados cotiza con más de cuatro salarios mínimos. La señal es grave: nueve de cada diez trabajadores formales no tienen ingresos compatibles con bienestar. Para que la mitad de los asegurados alcanzara ese nivel, 11.4 millones deberían cotizar con 4 SM (salarios mínimos) o más. Hoy solo lo hacen 2.28 millones. La diferencia por cerrar es de 9.1 millones de puestos, una meta que el mercado laboral mexicano no está ni remotamente cerca de cumplir.
El salario mínimo, por más que aumente, no corrige esta brecha estructural. Puede mejorar el ingreso nominal, pero no transforma la estructura productiva ni crea puestos de mayor valor agregado. Dicho de forma sencilla: sin empresas más productivas, trabajadores mejor capacitados y sectores que paguen más, el aumento salarial se vuelve un parche que se desgasta rápido. La idea central es contundente: “El objetivo no es un salario nominal más alto, sino que cada trabajador gane más veces el salario mínimo.” Pero eso no está ocurriendo. El promedio salarial del IMSS es de apenas 2.1 salarios mínimos, insuficiente para sostener un hogar de cuatro personas y muy lejos del nivel de bienestar.
El salario mínimo, que durante años se ha presentado como una herramienta de justicia social, no está resolviendo el problema de fondo. El salario base de cotización —el ingreso registrado ante el IMSS para calcular cuotas y prestaciones— creció 94% desde 2018, pasando de $348 a $673.9 diarios. Pero ese aumento no cambió la estructura salarial. La evidencia lo advierte: “Subir sólo el salario nominal… no cambia la estructura”. Y es cierto. El salario mínimo sube, pero la economía mexicana no genera suficientes puestos por encima de ese umbral. El resultado es que cada vez más trabajadores quedan pegados al piso salarial. Las cifras lo confirman: “Cada vez más trabajadores quedan ligados al mínimo: de 15.5% (2019) a ~28% (2025)”. El salario mínimo dejó de ser un piso y se convirtió en un techo que aplasta las aspiraciones de millones.
El problema no es únicamente que el salario mínimo sea bajo, sino que incluso dos salarios mínimos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas de un hogar. Las cifras son directas: “Con dos salarios mínimos ($18,902 al mes) un hogar urbano de cuatro personas no alcanza a cubrir la línea de pobreza por ingresos ($19,536)”. En otras palabras, una familia puede tener empleo formal y aun así no cubrir lo mínimo necesario para vivir. Con un solo salario mínimo, apenas se cubre 48% de esa línea de pobreza. México celebra incrementos nominales, pero la realidad es que el ingreso sigue concentrado en la base y que la mayoría de los trabajadores formales continúa en pobreza laboral.
El salario mínimo no es política social: es un paliativo. Su aumento ha sido celebrado como una medida redistributiva, pero en realidad funciona como una compensación limitada. Compensa la falta de productividad, la ausencia de empleos de calidad y la incapacidad del Estado para expandir la formalidad. Pero no corrige nada de fondo. Puede subir 10%, 20% o 30%, pero mientras 78% de los trabajadores permanezca atrapado en 1–2 SM (salarios mínimos), el país seguirá siendo un territorio de pobreza laboral. No sirve para construir bienestar si no está acompañado de productividad, innovación, capacitación, infraestructura, industrialización y formalización masiva. Sin esos elementos, el incremento salarial es apenas un número que sube en papel, pero no en la vida real.
México tiene más empleo, pero menos futuro. El empleo formal mexicano está peor que nunca porque no garantiza bienestar, no ofrece movilidad y no rompe la pobreza laboral. El salario mínimo, aunque más alto, no sirve para vivir bien, no alcanza para cubrir la línea de pobreza y mucho menos para sostener una vida digna. El país necesita una transformación profunda: empleos de mayor valor agregado, una estructura productiva más equilibrada, una formalidad que incluya a la mayoría y un ingreso que permita vivir, no solo sobrevivir. Mientras eso no ocurra, el empleo seguirá siendo un espejismo y el salario mínimo, un techo que aplasta las aspiraciones de millones. El problema de fondo es que México se acostumbró a administrar la pobreza laboral como si fuera estabilidad. Se celebra que el trabajador esté registrado, aunque su ingreso no le permita ahorrar, comprar vivienda, educar mejor a sus hijos, atender una enfermedad sin endeudarse o planear el futuro. Esa normalización es brutal: convierte la precariedad en estadística positiva y presenta como avance lo que en realidad es una derrota social. Un país donde trabajar formalmente no alcanza para vivir dignamente está fallando en lo esencial. La crítica debe ser directa: no hay orgullo posible en un modelo que produce empleados pobres, familias endeudadas y jóvenes sin horizonte. Si el salario mínimo se vuelve el destino de la mayoría y no el punto de partida, entonces el mercado laboral no está generando progreso, está fabricando resignación. México no necesita presumir más empleos de bajo salario; necesita dejar de construir una economía donde trabajar mucho significa seguir siendo pobre.








