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Columna de opinión: “Una educación sin rumbo”, por el Dr. Óscar J. Comas

Dr. Oscar J. Comas

Cada día las barreras disciplinarias se difuminan de manera acelerada y más aún cuando tratamos de explicar los fenómenos multifacéticos, algunos previsibles y otros inesperados que emergen sin antecedentes causales investigados a profundidad. Fluye entonces un proceso que denominamos reorganización, que invade diversos niveles y facultades, pasando de lo externo a lo interno, de lo global a lo particular y obviamente de lo macro a lo micro, en suma una nueva estrategia adaptativa al decir de Charles Darwin (1809-1882). 

 Estos tiempos, “ tiempos líquidos”  como los denominó el  Zygmunt Bauman (1925-2017), para indicar que las estructuras del presente ante los procesos de cambio  no sirven como marco de referencia para orientar la acción humana, que se enfrenta a una planificación a largo plazo que se fragmenta y fracasa ante los nuevos requerimientos sociales, tecnológicos y económicos.

En estos “tiempos líquidos” el proceso socioeconómico, tecnológico y cultural de la modernización educativa debió dar paso a una post modernidad como parte de proyecto emergente, renovador de prácticas anteriores y enfrentar así la alta dinámica de una sociedad en transformación que debía atender con nuevas estrategias un fenómeno global denominado pandemia  del Covid.

 Ahora bien, la postmodernidad educativa requirió de las instituciones acciones tales como: 1.- afianzar, fortalecer y desarrollar la virtualidad formativa combinando un mínimo de clases presenciales con actividades en línea; 2.- los espacios de las aulas en las instituciones, perdieron gran parte de sus límites físicos para invadir  espacios y geografías; 3.- los docentes presenciales debían ser capacitados para trabajar con nuevas tecnologías y otras formas didácticas (docentes digitales); y, 4.- automatización del software para agilizar los procesos académicos y administrativos; además de desarrollar una tecnología móvil con aplicaciones para gestionar matrícula, documentos, tutorías, calificaciones, etc.

Ahora bien; ¿qué sucedió cuando se dio por terminada la pandemia?  Los esfuerzos de la posmodernidad, no asumidos por la totalidad de instituciones por diversas razones, entre algunas de ellas: la presupuestal; el envejecimiento de la planta académica; la falta de capacitación   de docentes y administrativos; y, en definitiva, quizá la ceguera ante un mundo cambiante, hubo un regreso a las prácticas presenciales anteriores. Es decir el compromiso de reorganizar y renovar procesos educativos que emergió con urgencia ante un evento desconocido y demandante de la reconfiguración de las prácticas anteriores y continuar el proceso formativo con nuevas metodologías, la postpandemia lo aplacó y restituyó la validez y tradición de las prácticas anteriores.

La semana pasada en algunas notas de los periódicos nacionales, entre ellos El Universal se señala, que el anteproyecto presupuestal 2026 para el sector educativo, el presupuesto destinado al programa para el desarrollo profesional docente, así como la producción de materiales educativos disminuyó en 53%…

La pregunta que se desprende a continuación tiene que ver, en primer lugar, con una postmodernidad educativa que enfrentamos sin éxito para fortalecer su desarrollo y en segundo término llamar la atención sobre esta vuelta al pasado que no parece estar orientada a responder: ¿cómo lograr un cambio en las practicas educativas anteriores sin  impulsar la capacitación docente  en nuevas tecnologías y materiales?. Además de mantener una administración anquilosada bajo el respaldo de las paredes de las instituciones. En definitiva, cambia la sociedad, el avance tecnológico mantiene su ritmo acelerado y la cultura postmodernista logra un espacio entre la sociedad y en tanto la educación se mantiene en el rezago con aumentos presupuestales por debajo del índice inflacionario real, y qué decir de los docentes y sus prácticas basadas en la tradición y en el pasado.

Dejó al lector la pregunta y la reflexión

Dr. Óscar J. Comas

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