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Tómelo con Calma, por Fernando A. Mora Guillén

  • T-MEC: volver al origen sin perder el futuro.
  • Pancho Garfias, el amigo.

La posibilidad de que México y Estados Unidos avancen hacia un acuerdo comercial bilateral, abre una discusión que combina memoria histórica, pragmatismo económico, y visión estratégica. Más que una negociación sobre aranceles, está en juego la arquitectura de integración, que Norteamérica ha construido durante más de tres décadas.

Conviene recordar el punto de partida. En 1990, los presidentes Carlos Salinas de Gortari, y George Bush, impulsaron un proyecto de libre comercio entre México y Estados Unidos. Canadá se incorporó en 1991, y el proceso adquirió una dimensión trilateral. El tratado que entró en vigor en 1994, nació, por tanto, de una iniciativa cuyo planteamiento inicial fue bilateral.

La propuesta de Washington de negociar por separado con sus vecinos, recupera aquella lógica. Sin embargo, existe una diferencia fundamental:, entonces se buscaba construir una nueva relación económica; hoy cualquier cambio debe considerar una integración productiva que ya existe.

También debemos distinguir entre una negociación bilateral, dentro de la revisión del T-MEC, y un nuevo acuerdo que pretenda sustituirlo. Son escenarios diferentes. Las conversaciones entre México y Estados Unidos, no significan, por sí mismas, que Canadá haya quedado excluido, ni que el tratado haya terminado. Confundirlos alimenta incertidumbre, precisamente cuando las empresas necesitan claridad.

Para México, alcanzar entendimientos que reduzcan las presiones arancelarias, representa una oportunidad. Proteger exportaciones, empleos, e inversiones, exige capacidad de negociación, y una lectura realista de las prioridades estadounidenses. Pero obtener alivio inmediato debe acompañarse de una evaluación de sus costos, y consecuencias futuras.

La iniciativa privada ya participa con propuestas concretas. El Consejo Coordinador Empresarial, ha planteado aumentar las compras de energía estadounidense, para contribuir a reducir el déficit comercial de ese país, frente a México. La industria automotriz, por su parte, busca disminuir la carga arancelaria sobre los vehículos producidos en territorio nacional. Son posiciones de negociación; su conveniencia dependerá de las condiciones que finalmente se acuerden.

El desafío es que una solución bilateral, preserve las ventajas de producir regionalmente. Una empresa mexicana puede depender de insumos canadienses, y abastecer a una fábrica estadounidense. Si un nuevo arreglo modificara el reconocimiento de esos componentes, sus efectos alcanzarían costos, contratos, logística, y decisiones de inversión.

Por eso, Canadá debe evaluarse por su contribución a la competitividad de Norteamérica. La geografía puede favorecer una negociación entre dos gobiernos; la realidad industrial obliga a mirar a los tres países.

Desde la comunicación estratégica, el gobierno mexicano necesita explicar con precisión qué busca, cuáles son sus prioridades, y qué resultados puede acreditar. Anunciar avances sin precisar su alcance puede crear expectativas que después, se conviertan en desgaste. La confianza requiere mensajes respaldados por acuerdos verificables.

Las empresas, a su vez, deben revisar su exposición a proveedores, y clientes canadienses, preparar escenarios, y participar en la conversación pública con evidencia. La estrategia de asuntos públicos, empieza antes de que cambien las reglas.

Regresar al planteamiento de los años noventa, puede ser una referencia útil para negociar. Convertirlo en una fórmula automática, sería desconocer lo que hemos construido desde entonces. México debe aprovechar su peso bilateral, para ganar certidumbre, inversión, y capacidad de decisión, conservando una visión de largo plazo para Norteamérica.

Tómelo con interés.- Perder a un amigo en este oficio, deja un hueco que no se llena con una esquela. Se va Francisco Garfias, se va Pancho, y con él se va una forma de entender el periodismo, que hoy hace mucha falta.

Pancho fue reportero, periodista, columnista, cronista parlamentario, de los mejores que ha dado este país. De esos que conocía cada pasillo de San Lázaro, cada gesto, cada acuerdo debajo de la mesa. Que no escribía para complacer al poder, sino para investigarlo, cuestionarlo, y exigirle cuentas. Como bien dijo Ricardo Monreal en el homenaje póstumo que le rindió la Cámara de Diputados, Pancho construyó su reputación en lo único que sostiene a un periodista: honestidad, independencia, y profesionalismo.

Le pusieron su nombre al foro de conferencias del Palacio Legislativo. Es justo. Ese fue su territorio durante décadas, narrando, analizando, y cuestionando la vida pública de México, con una voz respetada por todas las fuerzas políticas.

Pero para mí, Francisco Garfias fue, sobre todo, el amigo.

El gran ser humano generoso, que hace poco más de 12 años me abrió la puerta de su espacio, y me brindó la oportunidad que todo columnista sueña: publicar. Miércoles y sábado, sin falla, Tómelo con Calma, encontró casa gracias a él. Y de ahí, se reprodujo en El Imparcial de Oaxaca, en Tribuna de Campeche, en El Mexicano de Baja California, en El Popular de Puebla, y en tantos otros espacios que confiaron en esa recomendación que valía oro.

Pancho no solo compartía su espacio, compartía su prestigio. No pedía nada a cambio. Creía en la amistad, y creía en la libertad de expresión ejercida con rigor.

Hoy que legisladores, familiares, y colegas, lo recordamos como un defensor permanente de la verdad, yo lo quiero recordar como lo que fue conmigo: un amigo leal.

Gracias, querido Pancho, por 12 años de confianza. Descansa en paz.

*Maestro en Comunicación Institucional por la Universidad Panamericana.

*Socio Fundador del Colegio Nacional de Licenciados en Periodismo.

*Presidente de la Fundación Fernando Mora Gómez por la Libertad de Expresión.

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