A veces, lo que más brilla por fuera y aparentas, …
es cuando más roto puedes estar por dentro.
Como esa cebolla que elegí perfecta
y terminó echada a perder.
Hubo otra, sí…
pero el momento ya no fue el mismo.
Porque cuando algo se corta, duele y se rompe; y así es
el amor cuando no se cuida… cambia de sabor.
La bestia y la cebolla
¿Cuántas veces nos han dicho que la belleza está en el interior?
Y sí… para ser verdaderamente bellos, hay que ser auténticos.
El ego, muchas veces, nos empuja a disfrazarnos para conseguir algo o a alguien. Nos convierte en “cebollas”.
¿A qué me refiero?
Hace poco fui al mercado a comprar una cebolla para hacer un ceviche. Había muchas, pero una destacaba: grande, perfecta, hermosa. No dudé en elegirla.
Pero al partirla… estaba descompuesta.
La vida la había podrido por dentro, aunque por fuera pareciera impecable.
Recordé entonces la historia de La Bella y la Bestia: ahí nos enseñan que la belleza está en el interior. Pero… ¿qué pasa cuando nuestro lado oscuro corrompe esa belleza?
Cuando, por miedo, por ambición o por engaño, mostramos algo que no somos.
Ahí empezó mi cuestionamiento.
Sé que en mí no todo es luz. Como todos, tengo sombras, tropiezos, heridas que me han formado.
Pero… ¿qué pasa si esa “bestia” que vive dentro de mí, en lugar de ser reconocida, se esconde… y me convierte en una cebolla?
Una apariencia bonita que, por no aceptar su verdad, se va pudriendo por dentro.
¿Qué pasa cuando no eres quien dices ser, solo por conseguir algo?
La vida, tarde o temprano, siempre revela lo que realmente somos.
Entonces me pregunto:
¿no será mejor aceptar que el ego a veces nos convirtió en bestia… para que, cuando llegue el amor verdadero, podamos ser reales?
¿No será más valioso abrazar incluso esa parte oscura que nos hizo caer, para no tener que fingir nunca más?
Porque al final, la bestia —aun siendo bestia— amó de verdad… y por eso se transformó.
La cebolla, en cambio, sin ningún hechizo, solo aparentó. Se colocó en el mejor lugar para ser elegida… pero no era lo que parecía.
Y al final, al ser descubierta, no solo falló… también detonó algo más…
Ese día tuve que volver al mercado por otra cebolla.
Mi pareja se enojó, el momento se rompió… y el ceviche, aunque lo intentamos, ya no supo igual.
Y entendí algo:
No es solo lo que eres…
es lo que provocas cuando no eres auténtico.
Porque hay momentos que, una vez que se rompen…
ya no vuelven a tener el mismo sabor.
Entrevista


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