Este mensaje es para la ministra de la Suprema Corte que dijo, con estas palabras: “los niños nacidos por in vitro no son familia”.
Y también por todas las mujeres y parejas que sueñan con tener un bebé.
Por quienes han rezado, llorado, esperado y luchado durante años para poder abrazar ese milagro.
Para mí, esas palabras no solo reflejan una enorme falta de empatía, sino también una profunda ausencia de sensibilidad hacia miles de mujeres que han luchado por convertirse en madres.
Antes de hablar, debería pensar.
Pero para poder hacerlo, primero hay que conocer.
Por eso la invito a leer mi historia. No desde el estrado que ocupa, sino desde el único lugar desde donde realmente se puede entender: el lugar de ser mujer.
Porque yo sí sé lo que significa luchar por traer una vida al mundo.
¿Cómo que mi hija no es mi familia?
La llevé en mi vientre. Es parte de mi ser. Le di vida y luz.
Todos los días de mi vida están dedicados a ella. Desde aquel embarazo delicado —por mi edad— entendí que tenerla era, literalmente, un milagro.
Por eso le puse Macarena.
Porque para mí representa a la Virgen de la Esperanza que bajó del cielo para convertirse en mi Macarena.
Recuerdo perfectamente el momento en que mi vida empezó a cambiar.
Eran las once de la mañana y yo ya estaba lista para el estudio de fotos. Había llegado el día en que mi jefa, después de muchos años, me había dado la oportunidad de tener un pequeño espacio al aire para entrevistar, investigar y ejercer como periodista en entrevistas que se verían a nivel nacional.
A mis 46 años había logrado el sueño de cualquier persona: el Holy Grail.
Mientras todo se preparaba en el foro, mi mente solo pensaba en una cosa: si mi padre, desde el cielo, podría ver ese momento y decirme “felicidades”.
Mis ojos brillaban en medio de todos los que en ese instante acomodaban luces y cámaras para que yo entrara al set. Algunos se veían orgullosos de mí, porque me habían visto crecer y eran testigos de mi esfuerzo; otros miraban en silencio, quizás imaginando que algún día estarían en mi lugar.
En ese momento, una llamada rompió la escena.
Era mi doctor.
Recuerdo exactamente sus palabras, porque bastaron unos segundos para que todo mi lenguaje no verbal cambiara:
“Paula, sé qué tan importante es para ti ser mamá. Si no te embarazas este año, por tu edad el próximo ya no me voy a arriesgar. Piénsalo, háblalo y consúltalo con tu almohada”.
Mi energía cambió al instante.
Sabía que tenía frente a mí una decisión fuerte y definitiva, una que podía cambiar por completo la dirección de mi vida.
Le mandé un mensaje a mi mamá para preguntarle si podía consultarle algo. Necesitaba verla.
Después de un largo día de trabajo salí de aquella televisora del Ajusco y manejé hasta Cuernavaca, rumbo a la casa de mi madre. Cuando llegué, con lágrimas en los ojos, le conté lo que el doctor me había dicho.
Las únicas palabras de mi mamá fueron:
—Hazlo. No vamos a perder la esperanza. Yo te apoyo para que seas mamá. Porque sé que el día de mañana, si yo te falto, vas a tener a alguien que te tome de la mano… y vas a conocer el verdadero amor, el mismo amor que yo siento por ti.
Yo sabía que todos mis ahorros no eran suficientes.
Pero mi madre, mi pilar, absorbió todo el gasto para que yo pudiera intentar un in vitro. Ese procedimiento sería el tercero, porque años atrás ya había intentado dos inseminaciones que no habían funcionado.
Cuando finalmente logré embarazarme, tuve que renunciar a mi carrera, guardar reposo, atravesar una pandemia y, en medio de todo, llorar la muerte de mi mamá, a quien perdí de una forma profundamente dolorosa.
Y aun así, cada día agradezco el milagro.
Porque cada vez que miro a mi hija, mi vida se vuelve un poema de gratitud.
Y sé que, si no hubiera tenido ese motor tan poderoso en mi vida, quizá habría caído en una espiral sin fondo.
Porque para mí ser mamá siempre fue un sueño.
Y hoy, tener a mi Macarena a mi lado, escuchando todos los días su “te amo”, es sin duda lo mejor que me ha pasado en la vida.Por eso le reitero que mi hija es mi mundo y mi vida entera.
Es mi refugio, mi hogar, mi centro.
El abrazo que me devuelve a la vida en los días malos y la alegría más grande y eterna cuando mis ojos, llenos de amor, la ven crecer día a día.










